Voy de viaje– La comuna de Ischilín alberga al sureste una pequeña localidad muy interesante para visitar: Cañada del Río Pinto. A unos 85 kilómetros de Córdoba capital, este destino es un lugar ideal para hacer una pausa rodeado de vegetación autóctona.

Unos kilómetros más al sur y la localidad hubiese sido parte de las Sierras Chicas, pero su cercanía con el pueblo de Sarmiento determina su ubicación en la región Norte.

Este paraje serrano se encuentra aledaño al río Pinto –cuyo nombre remite al apellido de una familia que se estableció en la zona tres siglos atrás–, un cauce de agua que discurre en las épocas húmedas, que desciende desde las serranías con destino a la cuenca de la laguna de Mar Chiquita y que es perfecto para disfrutar los últimos días de calor que regala el otoño.

Colonial y tradicional

Mientras tanto, el pueblo parece pertenecer a otro tiempo, y resguarda con extremo cuidado la tranquilidad y la frescura que le brinda el entorno. La palabra “pintoresco” le queda chica a este enclave, enmarcado por calles estrechas, negocios de productos regionales y artesanías y caseríos antiguos dispersos a lo largo de un camino de tierra. Por aquí se pueden apreciar bellos campos, con las sierras de fondo y un montón de flores silvestres. Para enamorarse aún más de este sitio, basta con saber que la cordialidad de los lugareños se percibe con sólo recibir su saludo y que la paz abunda entre chañares, algarrobos, aguaribay y quebrachos, un marco perfecto para caminatas, cabalgatas o paseos en bicicleta.

En este paisaje rural destaca por su color y su altura la iglesia del Sagrado Corazón, del siglo XVIII, y unos viejos galpones de ladrillo donde tiempo atrás se acopiaba el tabaco que se sembraba en la región. ¿Otro punto referencial? La Esquina, bar y despensa, una típica pulpería con antiguos carteles de gaseosa y pizarrones con ofertas de picadas.

Paseo extra

Desde Cañada del Río Pinto, pasando por un camino de álamos es posible llegar hasta la estancia La Verde, que se encuentra dentro del Camino Real, inmersa en un campo serrano con chacras y potreros internos.

Este edificio, al mejor estilo de las villas renacentistas y de blanca arquitectura, posee un tajamar que dota de agua a los sembradíos, mientras los eucaliptos decoran su casco. Aquí el tiempo transcurre a otro ritmo y el paisaje regala una postal imperdible entre frutales y acequias.

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