Por Luis Logullo-  “¿Te acordás de mí?, soy la gorda de la soga!!…te leí por el face de tu prima y me maté de risa”, me dijo. Y no supe sino hasta un rato después que se trataba de ella, de la gorda de la soga. Fue allá, creo, por 1994 cuando yo estaba a bordo de un avioncito a hélice de la empresa kaikén que cubría la ruta Ushuaia-Punta Arenas, en Chile. Era un aeroplano no apto para cagones; llevaba sólo dos filas laterales de un solo asiento y tres juntos al fondo. Entraban, calculo, unos diez pasajeros en total. Yo estaba sentado al fondo y el viento Sur hacía uuuuuuuuu….

El aeroplano, temblando, se ubicó en la cabecera de la pista, giró sobre sí mismo apuntando al Norte, aceleró y carreteó, carreteó, carreteó y desaceleró, un acto suicida en un avión cargado de combustible. Giró nuevamente, retornó al punto de partida, buscó otra vez el Norte y antes de acelerar la gorda de adelante mío se dio vuelta, me miró fijo y me dijo “Esto conmigo no levanta vuelo ni de pedo”. Y si, era gorda. Muy gorda.

En ese momento se descorre la cortinita que nos separaba de la cabina de pilotos y un uniformado nos dice “Estamos con un poco de sobrepeso. Vamos a ver cómo hacemos”, mirando a la pasajera, que se reía de sí misma. Y entonces ella dijo “Me bajo y lo tomo cuando vuelva, porque no vamos a cruzar el estrecho de Magallanes rezando”.

Y como le digo, el problema serio aquella tarde era el vientazo del Sur que incluso zarandeaba el aparato de un lado para el otro estando parado en la pista. Y llegó una camioneta del aeropuerto, la puerta del avioncito se abrió y todo dentro volaba; periódicos, peinados de ruleros, folletos turísticos, solapas de sacos, culpas. Y entonces se apersonó un morocho y en medio del pasillo le dijo a la gorda “La vamos a atar con una soga, por el viento”. Y yo me dije no es cierto, es el producto de los mejillones de anoche que tenían la marea roja, esto no puede estar sucediendo, calmate, es una simple alucinación.

Todo eso me decía como un mantra mientras ataban a la gorda con más de seis vueltas a la cintura en medio del pasillo. La otra punta de la soga se la llevó el hombre hasta la camioneta distante lejos, como a treinta metros y bien tensada para que no se enroscara en la hélice. A la primera señal, la gorda pisó la escalerita y dijo “Ay, la reputa madre”, antes de desaparecer arrastrada por el viento hacia el cemento helado. Desde arriba alcancé a verla rodar como esos fardos redondos y secos en el desierto de Arizona. Tenía medias con elástico arriba de las rodillas y bombacha colorada. Todo eso se vio, y de eso no se vuelve así de fácil.

Cuando los metros interminables de soga se acabaron, ella quedó sentadita lejos de la camioneta y con la pelambre sostenida en horizontal como delante de una turbina. “La concha de su madre, pelotudos de mierda!”, les vociferaba a tres hombres que intentaban alzarla. Y la subieron a la chata, descargaron sus petates de la bodeguita y se la llevaron a la sala de espera. Y así despegamos en un santiamén. Nos cruzamos una semanita después Río Grande, donde ella trabajaba como maestra rural. Y también otras varias veces en Ushuaia en el supermercado y ya nos saludábamos. Y nunca más la volví a ver, hasta hoy. Está mucho más delgada.

Foto ilustrativa

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