Por Luis Logullo– He contado hartas veces que vivo en las cercanías de lo que queda de un caserío del Noroeste cordobés. Tengo una casa con una ventana ubicada estratégicamente mirando a las sierras y a un parque inmenso, bello, con frutales y acequias donde abrevan decenas de pájaros, muchos que ni siquiera conozco.

Hay también paisanos por los tierrales deambulando la vida sobre caballos zainos, niños por aquí y por allá y viejos y viejas esperando eso inevitable. Por las tardes, ya entrado el ocaso, las sierras se encienden de naranja rabioso y por las mañanas el rocío despide aromas de yuyos.

Es decir, están dadas todas las condiciones sociales y ambientales para que cualquiera tenga un brote psicótico y se cargue a seis de un solo escopetazo.

Pero no es mi caso, porque he sido educado en un colegio salesiano donde la represión era una yerra y los monaguillos eran amantes de sacerdotes que esperaban una señal de algo, como yo, que al estar en zona rural no recibo la adecuada para navegar por Internet y forzosamente debo, como los pájaros, abrevar en mi teléfono celular que además de veloz es gratuito a costa de dejarme cuasi ciego.

Y una de las particularidades (jamás escriba “particularidades” en un escrito porque es una palabra muy larga y carece de musicalidad, esa es su particularidad) es que el aparatejo que tengo sintoniza Facebook pero a cada perfil le asigna la foto de otro usuario.

Por ejemplo, el psicólogo de Berisso aparece como la licenciada en vidas pasadas que está sentada al lado de un cantero de hortensias en Chubut. El japonés que hace bonsái en Escobar tiene la foto de un géi especialista en Foucault que no la pone hace seis años y es adicto a los cines porno de Córdoba capital. Olguita Céspedes, mi octogenaria maestra de jardín de infantes y abuela de quintillizos, ocupa la foto de Marisa, una madrileña lesbiana entendida en carburación de motores diesel. El ambientalista de Santa Fe lleva la imagen de mi prima la colorada que es podóloga en Zárate; mi novio es un sindicalista de Punta Lara y la prima segunda de mi tía política es mi novio. La travesti de Michoacán tiene la foto de Alicia Kirchner y Alicia Kirchner la del intendente de este pueblo y el intendente de este pueblo la fotito del sitio oficial de Nelly Omar, y eso es tremendo porque al tipo acá lo llaman la Evita con pantalones y a mí me figura como la Gardel con pollera.

El caso más insólito pero a la vez coherente es el de Arielito Binkerman, el psiquiatra de unxs vecinxs sociópatas manipuladorxs que me leen bajo un perfil falso pero yo sé cuál es y disfruto eso, y recibido en la Universidad Kennedy pero con la foto de una chamana peruana que interpreta las runas, y digo coherente porque estudiar salud mental en la Kennedy y aplicarlo a lxs vecinxs es como cursar Derechos Humanos en la UADE, hacer un taller literario con Poldy Bird o un cursito de constitucionalismo con Elisita Carrió en el kioskito Arendt.

Y entonces así voy relacionando perfiles y teniendo sumo cuidado al responder posteos para no decirle andá a cantarle a Gardel al intendente, pedirle presupuesto por una sopladura de junta a la maestra de jardín, preguntarle dónde se puso las tetas a Alicia Kirchner o decirle al psicólogo que veo fantasmas.

Y no puedo todo, ya estoy grande, soy homosexual, hijo único, tengo astigmatismo, me aburren los shows de transformismo, no me excitan los strippers depilados y detesto la voz del indio Solari. No puedo todo solo. Y no es justo, además.

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