Por Luis Logullo- La Historia, esa injundia majareta estacionada en nuestra mente, se ha empeñado y ocupado por demás en el ocultamiento sostenido de la santa actividad de nuestros hombres probos de tierra adentro. Si bien es harto escasa la documentación existente debido al furtivo accionar de la logia “Los monaguillos del tablón”, no menos difícil de hallar son los documentos que integrantes de esa misma cofradía trafican por las tardes en el mercado de la independencia simulado bajo la fachada de un inocente puesto de cofias para monjas hechas a mano.

Los escasos y ajados despachos en papel de linaza que se conservan y atesoran en manos privadas, dan cuenta del entramado eclesiástico montado a espaldas del vulgo en pos de silenciar todo nacimiento de rumor alguno que intente parir a la luz del Señor la verdadera historia y vida de Pepe Montiel del Santuario Bostero, más conocido como “El cura Achurero”, nacido en Carroza Quemada un 16 de marzo de 1839 y partido hacia los brazos de nuestro santo Dios un 26 de enero de 1915 apenas pasadas las tres y cuarto de la mañana.

A diferencia de los consabidos milagros oficiales, los del cura Achurero devenían en portentos confirmables, palpables y asombrosos convertidos en maravillas que poco tardaron en cruzar valles y arroyuelos de agua estancada para instalar su santa capacidad como un patrimonio popular indiscutible, y no solo por su efectividad sino debido a su nula ortodoxia, ya que el santo varón sanaba mediante la imposición de achuras sobre los padecientes peregrinos.

El descubrimiento de sus dones, por demás iconoclastas al igual que el cristianismo, comenzó de modo casual durante la estadía por sus estudios sacerdotales en el Curato Heterodoxo de Santa María del Río VI y en el preciso momento en que junto a seis clérigos degollaban una chancha albina para un viernes santo. Con el animal chillando y pendiendo por una de sus patas atada con una soga al naranjo de ombligo del patio, una cuchillada afilada y desacertada cesgó de cuajo el anular de uno de aquellos carniceros de nombre Alfredo, que de inmediato comenzó a girar sobre sí mismo antes de caer desplomado por un arrechucho sobre el piso de venecitas lila. La reacción de Pepe Montiel fue tan fría como espasmódica; cortó un rosado pezón de la cerda, se abalanzó sobre el clérigo ensangrentado, lo colocó sobre la herida borboteante y aplicando una firme presión exclamó en voz alta “escucha mi ruego para el pobre Alfredo, y haz de esta teta un nuevo dedo”, y así de la nada, o de la teta, cesó todo vestigio de dolor y nació para siempre su fama y un apéndice inmaculado como el anterior, con la mugre acumulada entre la uña incluida.

Con el paso de los años su investidura de santo se agigantó y largas filas casi interminables de peregrinos se sucedían jornada tras jornada frente a la puerta de su parroquia en busca de un exvoto que amainara sufrimientos, pestes o dolencias heredadas.

Para la impotencia recetaba caldo de criadillas por la mañana y el refriegue de un escroto Shorton en celo por las partes. La tiroides desaparecía mediante rezos y frotaciones de mollejas sobre el esternón. Las flatulencias se atenuaban hasta cero frotando una tripa gorda por la altura del ombligo y eran infalibles las cataplasmas con riñones machacados y macerados en ajo como un elixir para el dolor de espalda; el mismo efecto relajante provocaba la compresa nocturna de chinchulín sobre las hediondas almorranas.

Los dimes y diretes de sus maravillas sanadoras no tardaron en cruzar los océanos y llegar a oídos del regenteador de San Pedro, en Roma, que ordenó cesar inmediatamente toda actividad del modesto sacerdote pueblerino, recluyéndolo al ostracismo y obligándolo a no más que unas breves pero efectivas prácticas ya inmerso en la absoluta clandestinidad. Luego, la Historia oficial hizo su trabajo acostumbrado de cubrir con su manto de olvido a quien supo ser un referente de la montonera populacha acostumbrada a vegetar postergada entre sunchos y pastizales serranos.

Pepe Montiel “el cura Achurero”, fue hallado óbito montado al revés sobre Smile, su mula castrada, y a causa del congelamiento de su grasa en sangre debido a su elevado nivel de colesterol provocado por su dieta exclusiva compuesta de vísceras varias para sostener su don. En ese sitio, y desoyendo amenazas cardenalicias de excomuniones en masa, sus fieles levantiscos han erigido una villa en su honor, la “Villa del Cura Achurero”, que es hoy punto de referencia obligado para la Fe. Y además venden unos alfajores de re chupete

 

Compartir esta noticia

Comentarios

comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here