Por Cristina Verra- Entre el 18 y el 25 de mayo se celebra la “Semana Mundial del Parto Respetado” bajo el lema: “Parir es poder”. Enorme es el desafío: que este lema se convierta en la realidad cotidiana de las instituciones públicas y privadas. Aunque parezca una obviedad, hay que decirlo: respetemos a la mujer en trabajo de parto y a su bebé al nacer.

EL PARTO

Durante el parto entran en juego un cóctel de hormonas. La imprescindible es aquella que ha sido llamada “la hormona del amor”, la oxitocina, responsable de las contracciones uterinas efectivas. El mayor pico de oxitocina en la vida de una mujer se produce en los segundos posteriores al alumbramiento.

El parto es un proceso involuntario y primitivo en el que se activa el hipotálamo, una parte del cerebro que compartimos con todos los mamíferos. En cambio el neocórtex es una región cerebral exclusivamente humana, la parte racional del cerebro. Allí se depositan las inhibiciones. Activar el neocórtex o intelecto de una mujer en trabajo de parto es un gran error, pues éste entorpecerá el proceso y favorecerá la liberación de adrenalina, una hormona que inhibe las contracciones y detiene el trabajo de parto.

La adrenalina es emanada en situaciones de emergencia, cuando estamos asustados, nos sentimos observados o tenemos frío. Cuando esta hormona es secretada no podemos liberar oxitocina, imprescindible en un parto. Si alguien en la sala tiene un nivel de adrenalina alto, nos lo contagiará. Es tan increíble como científico.

Por todo esto el silencio es vital en un parto, pues el lenguaje activa el intelecto, y el intelecto dificulta un trabajo de parto. La clave para un parto natural es volver a ser mamíferas en estado puro, tal como plantea Michel Odent, obstetra francés defensor del parto natural, precursor de las piscinas en las salas de parto.

Sin embargo, las rutinas que se practican en casi todas las clínicas y hospitales frenan la liberación del flujo hormonal necesario para que se produzca el parto, pues alejan a la mujer del proceso fisiológico y natural. Luces altas, diálogo continuo, flujo de personas, falta de libertad de movimiento para la parturienta, rutinas médicas -rasurado, enema, goteo, episiotomía- no contribuyen.

LA LEGISLACIÓN, LA TEORÍA

La necesidad de legislar para que se respeten los derechos de mujeres y niños condujo a la aprobación de la ley nacional 25.929, en el año 2004, que establece el derecho de la mujer “a ser tratada con respeto, y de un modo individual y personalizado que garantice su intimidad durante todo el proceso asistencial” y “a elegir dónde, cómo y con quién parir”. ¿Y qué significa esta expresión (“parto respetado”) que cada vez resuena más y cobra mayor relevancia? El parto respetado surge como una respuesta ante el proceso de medicalización que estamos atravesando. Hablar de parto respetado implica reconocer a los padres como verdaderos protagonistas de este evento único en sus vidas, respetar las necesidades individuales de cada mujer y su pareja, favorecer la libertad de posición y movimiento durante todo el trabajo de parto (en cuclillas, en el agua, semisentada, etc.) y cuidar el vínculo inmediato de la madre con el recién nacido, entre otras cuestiones.

La ley nacional estipula que toda mujer en situación de parto tiene derecho a ser informada sobre las distintas intervenciones médicas que pudieran tener lugar y a optar libremente si las desea; a ser tratada con respeto e intimidad; a ser considerada como persona sana; al parto natural, respetuoso de los tiempos biológicos y psicológicos, evitando prácticas invasivas y suministro de medicación; a estar acompañada por una persona de su confianza y elección.

LA REALIDAD, LA PRÁCTICA

En la práctica muchos de estos postulados no se cumplen. Desde la violencia verbal, hasta no permitirle a una mujer beber agua en pleno trabajo de parto, realizarle la episiotomía, obligarla a parir acostada, no permitirle estar acompañada, hacerle una cesárea innecesaria, todo es violencia obstétrica.

“Las mujeres relatan con lujo de detalles el maltrato en los hospitales y salas de atención primaria. Aunque en obstetricia el maltrato no es privilegio de pobres. Las mujeres pasan horas con las piernas atadas, abiertas, sin poder moverse hasta acalambrarse, con los genitales desnudos a la vista de enfermeras, parteras y estudiantes de medicina que entran constantemente en las salas de parto, compartidas además con otras parturientas que aúllan de dolor, de soledad, de desamparo, de maltrato y de falta de respeto por ese ser fragilizado que está a punto de dar a luz”, narra la terapeuta familiar y escritora Laura Gutman.

 DESAFÍOS

No sólo estamos ante el desafío de resolver el grave problema de la violencia obstétrica naturalizada e invisibilizada por muchosmédicos, enfermeras y a veces hasta por las propias mujeres víctimas de estas situaciones, hay, además, una tendencia a hacer desaparecer el parto natural, cuando en realidad el cuerpo de la mujer se ha ido perfeccionando durante milenios para poder parir por esta vía. «La idea es concientizar a la población sobre la importancia del parto por vía baja –declara Viviana Tobi, organizadora de la Semana Mundial del Parto Respetado- y tener buena información. La mujer debe saber que el trabajo de parto y el parto tienen un tiempo que no puede ser previsto de antemano. El parto es una experiencia que para muchas mujeres es transformadora.»

Dentro de las opciones que se consideran respetuosas de los tiempos naturales está el parto en casa. Se trata de una opción válida y confiable. Acompañada por una partera u obstetra de confianza la mujer suele desarrollar su parto tranquila. Una luz baja, un ambiente cálido, no sentirse observada, la ausencia del lenguaje, el movimiento libre del cuerpo y un acompañamiento amoroso ayudarán a que un parto se desarrolle natural y pacíficamente.

La Red Latinoamericana del Caribe por la Humanización del Parto y el Nacimiento (Relacahupan) lo resume así: “un parto es un conjunto de hormonas en acción. Cualquier intervención (epidural, cesárea, oxitocina sintética, etc.) modifica ese conjunto y altera el resultado”.

En la página web de la Relacahupan se especifica, respecto a la cesárea, que es una cirugía mayor y que como tal convella más riesgos que un parto fisiológico. La cesárea aumenta las posibilidades de infecciones y de problemas respiratorios en el bebé (al salir antes de tiempo y repentinamente); dificulta el amamantamiento; el post parto y la recuperación puede resultar doloroso y prolongado; aumenta la posibilidad de una depresión post parto. Si el médico obstetra o la institución tiene más de un 15% de cesáreas en el total de mujeres que asistió, esto indica que excede el índice recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

MI EXPERIENCIA 

Personalmente tuve la fortuna de parir en casa, una experiencia maravillosa y movilizadora. Me ayudaron muchísimo, me contuvieron y alentaron incansablemente. Lloré, reí, grité, tuve miedo de desvanecerme y ahí estuvo mi pareja sosteniéndome, y mi doula (mujer experimentada que acompaña antes, durante y después del parto), y mi partera, dos mujeres que funcionaron como una contención y un apoyo grandísimo sin juzgarme ni apurar mis tiempos fisiológicos. No me dieron ningún tipo de medicamento, no me indujeron, no me realizaron la episiotomía y no me desgarré, porque elegí parir en cuclillas, sentada en un banquito de madera especialmente adaptado para tal fin. Pujé, pujé con fuerza, y la bebé nació y la sostuve entre mis brazos. Reí a carcajadas, siempre me imaginé que en ese momento lloraría de emoción, pero no podía parar de reírme. Les agradecí tanto a ellas, las mujeres que me ayudaron. La placenta salió sola, fue muy fácil alumbrarla. Ya no me dolía nada de nada, era un alivio inmenso, ¡qué placer! exclamé, mi cuerpo estaba sedado naturalmente, y no sentí dolores en los días posteriores. La bebé se prendió a la teta inmediatamente, nació enérgica, llena de vida, con un colorcito hermoso, sana. No fuimos separadas en ningún momento. Luego se le realizaron los controles pertinentes, sobre mi pecho. El cordón fue cortado cuando dejó de latir, hecho muy importante porque mientras late es transportada una dosis de hierro fundamental para el primer año de vida. Todo sucedió en el marco de un respeto solemne. Ahí, en esa habitación de paredes azules, estaba sucediendo un milagro, y los que participamos de ese acto sagrado éramos conscientes de la trascendencia infinita de ese momento sublime.

Finalmente les comparto este bellísimo relato que llegó a mí al final del embarazo. Su autora es la escritora francesa Marie Bertherat. Y dice así: “¡Es una niña!, dice la partera. Mi hija. Nuestra hija. Aquí la tengo, sobre mi panza, contra mi corazón. La miro sin poder creerlo. Esa cabecita, esos ojos hinchados, esos puños cerrados son cabalmente ella. Nueve meses, hicieron falta nueve meses para convertirse en este pequeño ser independiente. Unas pocas horas para salir de mi panza. Las horas más emocionantes. Las más exaltantes que he vivido nunca. Me miro, desnuda y transpirada: soy la Madre. Mi madre, mi abuela, mi bisabuela. Soy todas esas mujeres que la vida moldeó. Soy la mujer arcaica. Soy la mujer poderosa. He dado la vida”.

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Foto Gentileza: Martín Rassetto

 

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