Por Adrián Camerano– La mañana del lunes comenzó de la peor manera. Un auto que se rompe, la grúa que tarda tres horas y un turno de Anses acuñado en marzo, que se pierde por simple inasistencia. Luego, una contraseña virtual malograda y la rotura de los anteojos de sol made in China, de bajo costo y escasa protección, completaron un comienzo de semana que ya era para olvidar. Pero todo eso era nada.

Un mensaje de texto entra al móvil pre Wassap y pantallas táctiles.

– Che, ¿por qué no te escribís algo sobre Galeano, para publicar hoy? Pienso un segundo. Intuyo lo peor, y aunque sé la respuesta, automáticamente pregunto qué le pasó al oriental.

– Se murió esta mañana, a los 74 años, de cáncer de pulmón.

Bajón. Huelgan las palabras. Ahora que nuestro Galeano está muerto, podría escribir sobre su relación con el editor Alberto Burnichón, radicado en Córdoba y asesinado el 24 de marzo de 1976, o de cuando en octubre de 2008 recibió el honoris causa de la UNC y una camiseta celeste, de Belgrano. También de aquellas palabras que dejó plasmadas en uno de sus libros, las del detenido desaparecido Oscar Liñeira, que al sobreviviente Piero Di Monte le confesó: “Me van a matar, y yo nunca hice el amor”.

Como definió otro grande, Osvaldo Bayer, “ha muerto el mejor de todos”. Los que lo admiramos e intentamos seguir su senda, nos damos por hechos si logramos el diez por ciento de lo que él ha sabido construir en más de medio siglo de periodismo. Nuestro Galeano. El que nos enseñó que recordar venía de “re-cordis”, volver a pasar por el corazón. O aquella máxima de la escritura, eso de elegir las palabras que sean mejores que el silencio. Nuestro Galeano. Capaz me pareció, pero en la calle había un velo de tristeza.

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