Por Camilo Valtierra *- Alta Gracia es una ciudad serrana, hermosa, tranquila, con un gran acervo histórico y cultural pero que en la última semana se vio convulsionada por la absoluta falta del servicio de agua potable. Más de 50 mil habitantes, sin sumar a los turistas que llegan en esta época del año, se vieron afectados por la escasez del elemento vital para el ser humano. Un verdadero suplicio para todos teniendo en cuenta las altas temperaturas de enero. Un calvario que se pudo haber evitado si las autoridades responsables se hubiesen puesto los pantalones largos en tiempo y forma.

Pero no fue así. Los que fueron elegidos democráticamente para que cumplan sus deberes de funcionarios públicos se escondieron, se reunieron entre bambalinas y no fueron capaces ni siquiera de dar una respuesta, aunque fuese tardía, a la indignación de la población. En cambio las excusas brotaron por doquier; que las lluvias de las últimas semanas provocaron los destrozos o que el responsable de cerrar una compuerta de la toma de agua brilló por su ausencia (en pleno Siglo XXI, 50 mil personas dependiendo de la buena voluntad de un operario). Todos argumentos inadmisibles para aquel que se considere un ser mínimamente pensante.

Pero no todo es culpa de los “iluminados” que conducen los destinos de esta ciudad. No. Gran parte de que todo este descalabro haya sucedido también es responsabilidad de los vecinos. No porque un habitante de Piedra del Sapo, del centro o de Barrio Parque San Juan sea un experto ingeniero que falló en los cálculos en el proyecto de la construcción de la toma de agua potable. Sino porque son demasiados los años que se quedaron sentados, esperando vaya a saber qué y viendo como les fueron fusilando derechos uno a uno.

Un claro ejemplo de la falta de ganas de ejercer el poder de ciudadanos y consumidores fue lo que dejó la protesta del viernes por la tarde en el centro de la ciudad que se convocó a través de las redes sociales. A lo sumo se congregaron cien personas, pero el agua les faltaba a los 50 mil altagracienses. Sin embargo, esos cien marcaron un camino y aunque sea pequeña, dejaron una huella. Una marca que muchos que se dicen progresistas y que “luchan” por mejorar la vida de los vecinos simplemente ignoraron demostrando una vez más la idiosincrasia arraigada en esta hermosa “Ciudad con encanto de pueblo”. Es decir, mucho discurso y poca acción.

Por eso es la hora de decir ¡Basta!, pero sobre todo es el momento de exigir, de pensar, de movilizarse, de accionar y de reclamar porque si no, como ocurre desde tiempos inmemoriales, algunos pocos serán los que ganen siempre y otros muchos seremos los que sigamos subsistiendo como en la época de las cavernas.

*Vecino indignado de Alta Gracia

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