Por Luis Logullo- Se tomaba todo en modo literal, esa fue siempre su maldición. Es un juego, tenés que quedarte así ¿ves?, quietita tenés que quedarte. Te imaginás algo, y pase lo que pase vos no te movés hasta que alguien venga y te toque ¿Me entendiste?.

A los nueve y por primera vez estuvo más de tres cuarto de hora amuchada detrás de una santa Rita poderosa de esas que todo lo abrazan, y mientras los otros merendaban leche con galletitas con forma de animales debajo de un limonero apestado de cochinillas grises, ella continuaba enroscada firme creyéndose una babosa con sal.

Peor lo pasó en junio para cuando el bautismo del hijo de Andrés; esa vez casi se congela dentro de un fuentón de aluminio imitando a una caracola, hasta el arribo de una tía política que la tocó de un cachetazo seco y justo para cuando cortaban la torta.

Otra vez, cursando ya la primaria, casi se derritió en una playa de Miramar en pleno enero luego de casi tres horas al sol sintiéndose guijarro multicolor, o roca, o preservativo usado, no recuerda con precisión quizás debido al efecto anestésico de los ungüentos yodados para quemaduras de tercer grado. Siempre tarde se despertaba porque de ella se olvidaban.

Y así fue bicho canasto dos días completos en una feria de Lanús hasta que un bolsero peruano aterrado la encontró debajo de unas bolsas de arpillera entre papas de Balcarce, esa vez suero le encajaron porque estaba como disecada, y llamaron a la policía para que la reconozca ya devenida en simia negra con las crenchas enredadas y los cachetes tiznados; estaba de tubérculo, declaró a un diario local que ni se animó a publicar la foto por si los niños la veían así y les daba por copiarla.

Por el zamarreo de un linyera, a los veintitrés despertó de su estado de caléndula y ya noviando cuando él, harto, la dejó plantada en plaza Flores; dos horas en pimpollo anaranjado estuvo aquella tarde. Y para cuando intentó parir al primero de sus tres, fueron necesarios dos toques y medio de peridural para despertarla dormida de un imaginario parto natural que nunca fue.

No había caso, era preciso tocarla para despertarla, y así y todo poco o nada recordaba después. Dio vueltas sobre sí media hora entera en el patio con el segundo entre sus brazos siendo calesita, y la despertó el roce de un falso dogo gigantesco que lamía el vómito del pequeño mareado y violeta. Largaba leche el pibe. Con el tercero, estos hechos no amenguaron sino que, peligrosamente, viraron a esa cuasi costumbre cotidiana que internaliza hasta lo macabro; cruzando una calle con el crío más pequeñito en alzas, estiró su brazo hacia un taxi y quedó inmovilizada en flauta de bambú.

Pasados sus cincuenta, era el atractivo de la casa, un fenómeno entre los vecinos y la poseída del barrio todo; ya para entonces acumulaba un legajo de inmovilidades que pendulaban entre lo diverso e imposible de catalogar; así fue olla, girasol, pan de manteca, estampita, jarabe para la tos, anguila de acequia, capuchón de Bic, artesanía Toba, mula, tren y arco iris, entre tantas otras repentinas paralizaciones.

Filas largas formaban las gentes para tocarla y despertarla e incluso, y esto es un rumor no confirmado, el mismísimo Obispo se vanagloriaba de haberla tocado ensimismada ella en jarro de loza china.

La noche aquella vio primero salir al más grande en calzoncillos y arrastrado de los pelos por tres monos altos de civil, y al rato nomás, al del medio hecho una cosa roja con un hombro más alto que el otro y con un solo ojo; lo metieron entre tres adentro de un Falcon.

Del más chico nada, ni rastros, sólo un cuetazo limpito adentro y después el silencio y la helada hasta que los vecinos la encontraron a la mañana hecha un bollo en la cucha, abrazada al dogo. “No me toquen”, gritó, “Estoy en cuna vacía y si me tocan me olvido”. Pasado el mediodía unos colimbas la emprendieron a martillazos, derrumbaron la madriguera y un revoque le tocó la cabeza. Murió aullando.

Foto: nadaparadeclarar.com

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