Por Luis Logullo- El tiempo tiene dos características horrendas y maravillosas que pendulan dentro de él acompasadas sin pelearse. Es implacable y no tiene registro del otro. Al tiempo no le importa si uno está o no preparado para algo. El tiempo simplemente hace sin pedir permiso, y en ese submundo del tiempo es uno el que tiene que amoldarse a las reglas porque el tiempo además no rinde cuentas de nada, de tan narciso y maleducado que es.

En el reino del tiempo hay también dos opciones; uno se amolda apencado a los cambios o se amucha allá donde la Historia forma un ángulo negando la realidad. Más elección que esa el tiempo no regala. Y no espere usted más porque no hay. A mí, personalmente, me gusta ver cómo el tiempo va rompiendo la negación; la torna puré, en licuado, la machaca entre sus dedos, la hace un moco y la pega en la pared del espanto porque la negación es el juguete preferido del tiempo.El tiempo deviene gato y la negación en ratón moribundo.

Tipeo esto un 24 de marzo cuando se conmemora otro año más de la carnicería aceptada en masa, y el tiempo-gato se viste de domingo y sale orondo con los mocasines lustrados a pavonearse por ahí, o por allá, va en busca de negadores-ratones para divertirse un rato. Quedan pocos, pero hay si los sabe buscar.

Son aquellos como nenes empacados y trompudos paraditos y enculados donde se forma el ángulo de la Historia que le dije más arriba. Son los que dicen “Los desaparecidos están en Europa vivitos y coleando” o “No fueron treinta mil” o “Es todo una mentira”. Y lo más interesante es poder ver cómo prácticamente ese debate se ha terminado y, cuando se advierten esos argumentos oxidados, ya casi nadie responde.

Algunos negadores se refugiaron en la modernidad de lo virtual y desde allí escupen la poca saliva que les queda; hace pocos días observé a uno escribir “los hijos de Bonafini viven” y, en una página de setecientos miembros sólo arañó un “me gusta”. Uno entre setecientos. El resto ya ni les contesta, ni fundamenta, ni nada, porque para eso está el tiempo.

Uno los deja allá en el ángulo cada vez más solitos, chillando, despotricando, y por piedad ya ni les retruca puesto que la más expuesta característica del negador es su imposibilidad de verse desde afuera haciendo el ridículo, y por eso la piedad que genera la vergüenza ajena. Uno ya los deja hablar. Ellos niegan con un hilo de voz más finito cada año. Y el tiempo esperando allá, pitando lento, tomando un vermouth y mofándose de risa. El tiempo anda suelto, es muy peligroso y deberían hacer algo con él.

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