Por Luis Logullo – Hace pocos días estaba con mi novio almorzando en un restaurante cordobés. Comíamos un wok de arroz con vegetales y mariscos. Insípido estaba. Y al rato nomás llega el Toto Paniagua con su levante de la jornada; una treintañera rubia rulienta de bucleadora a las apuradas, jeans rosados adentro del tujes y top de leopardo. Y yo a los Totos los olfateo de lejos no por proyección sino porque viví tres décadas entre punteros peronchos de La Matanza.

Son un clásico: usan un escudito o pin en la solapa, y cuando alguien usa pin o escudito uno ya sabe que se halla junto a un garca, eso no falla. Los que van a la cabeza con pines solaperos son los punteros políticos y los visitadores médicos de los hospitales.

Este que le digo del restaurante era una mezcla de Alcides con el Toto Paniagua. Saco azul cruzado, camisita a cuadros, lompa beige y zapatos negros. Todo sostenido en un macro ecosistema de anillos, pulseras y cadenas de 24 kilates. La pelambre de la cabeza teñida de negro furioso, con el cabello corto a los costados y una permanente tomada en la cresta. Y adivine qué pidieron de morfar…si…sushi pidieron.

Sushi en Córdoba, imagine usted la escena simbólica, que es más ridícula que dos putos pidiendo un wok de mariscos en la tierra de la peperina. Y lo tremendo del Toto es que pasaban las mujeres y les seguía el culo con la mirada girando todo su cuerpo sin importarle tres carajos de la señorita que estaba con él.

Y llegó el sushi. Y el Toto lastraba y empujaba con grisines y le colgaban alguitas de la comisura de los labios y granitos de arroz estancados en los dientes. Y le traen wasabi, que es la salsa picante como lava pero de color verde para apenas untar con la puntita del cuchillo y acompañar la comida.

Pero como para el Toto eso era una mariconería, untó medio pan y se tragó de un saque todo el menjunje que era a la vista una mezcla de mocos y gelatina, pero picante como la concha de la lora, en caso de que las conchas de las loras piquen. Y el chabón, sentado frente a mí en la mesa contigua, empezó a ponerse colorado como pavo de chacra y se bajó así, de un saque, medio litro de tinto. Con el alcohol el picor se triplicó y ya tenía lacia la permanente. Se le escapaban lágrimas menemistas se le escapaban, pero se la bancó estoico.

Luego llegó la moza para traerles más pan y el Toto se inclinó hacia la camarera y abriendo con los dedos sus labios inferiores en medio de toda la concurrencia, le mostraba una llaga viva por la lava. La señorita puso cara de asco y le trajo un té. El Toto cazó el brebaje y se lo tomó mojando en la taza todos los grisines de la minita que no había terminado de almorzar. Después eructó. Y nosotros nos vinimos. Lástima que por error tiré las fotos a la papelera de reciclaje. Eran un primor, créame.

Compartir esta noticia

Comentarios

comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here