Por Neicho Zuzek (desde Brasil)- A mi lado, en el baño de la terminal de ómnibus de San Pablo -rodoviaria, como se dice en portugués- el tipo intenta lavarse los sobacos en el lavabo escaso. Sin saber que yo también soy argentino, ve que mi dispenser de jabón es mejor que el de él y me dice, así nomás en castellano: ¿sale jabón ahí? 

Si te querés bañar, le respondo, es mejor que vayas al baño de abajo, ahí en el desembarque, que por 10 reales te dejan usar una ducha.

Si, mejor, me dice, porque me estoy yendo a Rio para ver la final, loco.

Por su pinta, y la de tantos otros que encontré en mi periplo paulista de ayer a la tarde, él es uno más de los hinchas argentinos que se vino a Brasil sin entradas y con la plata justa para los ómnibus y las coxinhas que se comen en las rodoviarias. Duermen donde pueden, comen lo mínimo posible, toman lo que alcanza en cerveza y andan por las calles, colectivos, trenes y subtes coreando el monótono Brasil, decime que se siente.

Cuando hay partido, se van a las inmediaciones de los estadios a ver si pueden comprar alguna entrada de reventa, o ingenuamente intentar colarse, como si fuera un partido de tercera división entre, digamos, Cambaceres y Villa Dálmine. En la enorme mayoría de los casos terminan siendo expulsados por un eficiente sistema de control escalonado, planeado por algún oscuro comando de seguridad a la Gestapo y operado por policías y voluntarios de la FIFA que discretamente van sacando a los intrusos de los rebaños que caminan bovinamente hacia los portones de los estadios. Este eugenésico sistema va dejando al rebaño cada vez más limpito, más elegante, mas blanco, para que finalmente entren solamente los vips del mundo que pasaron todos los filtros virtuales selectivos de la FIFA y de las mafias que venden entradas – lo que, según el periodista de la BBC Andrew Jennings, es lo mismo- o que la ligaron de arriba porque son de la alta clase ejecutiva internacional que, travestida de hincha de fútbol, exhibe su creatividad arrogante en los primeros planos de la TV mundial, disfrazada de papa francisco o naranja mecánica con plumas.

A los costados de las vallas que delimitan los accesos al estadio van quedando los feos, sucios y malos del fútbol, que son los que sostienen el negocio de la FIFA y sus compadres acá en Sudamerica durante los cuatro años anteriores y posteriores a cada Copa del Mundo, y sin los cuales ni la FIFA ni el mundial siquiera existirían. Un grupo de hinchas de Independiente de Avellaneda con cara de patoteros sindicales, familias pobres de jujeños abrazados a banderas raídas y manchadas, el tipo ese que se vino a dedo desde La Matanza.

 

En el tren que viene del centro  de la ciudad hacia el estadio, la hinchada argentina era mayoría y mucho más ruidosa y pendenciera que la holandesa. Al coro de los diez mil cantitos picarescos de los argentinos, agresivos y llenos de puteadas futboleras, los modernos y elegantes holandeses solo responden con un inexpresivo Holland! (Si, así mismo, en inglés, FIFA standard).

Pero después de los primeros controles, lo que se ve a lo lejos es que el rebaño que va subiendo la cuesta hacia el lejano e inaccesible estadio tiene más camisetas naranjas que albicelestes, lo que muestra cuantos argentinos van quedando en el camino sin saber a dónde ir.

-Che, la estación es Angabu -es inconfundible el acento cordobés de los pibes que, resignados por el fracaso de intentar entrar al estadio, suben al tren que vuelve al centro para ir al Vale do Anhangabau, en plena city paulista, para conformarse con el circo de segunda clase – la Fan Fest. Después de media hora de tren, esta barra quilombera que no deja de alentar sale de los andenes y sube el Viaduto do Cha, cercado de robocops de la policía militar, intentando en vano entrar a la Fan Fest, de la que apenas se ve el ángulo superior derecho de la pantalla gigante a través de unas vallas. Los robocops cierran el paso a las centenas de hinchas que piden entrar, implorando en un portunhol lleno de tudo bem, tudo bem. Está tudo lotado la dentro- explica uno de los policías al impaciente de Lanús que intenta una prepeada infructuosa.

El 9 de julio también es feriado en San Pablo (por razones locales que nada tienen que ver con la fiesta patria argentina) y en la city esta todo cerrado, excepto dos botecos que tratan de salvar el negocio atendiendo a los desheredados del circo de la FIFA. Es el circo de tercera clase, que no es un circo y si una verdadera fiesta popular. Y ahí nos quedamos, yo y mis hijos, nacidos en Argentina y criados en Brasil, amasijados con centenas de hinchas de rodoviaria que intentan ver algo en la televisión que el gerente del boteco con mucho orgullo y con mucho amor puso mirando hacia la calle, que se ayudan tirándose las latas de cerveza por encima de la multitud, que saltan y cantan bajo la garúa: Esta lluvia de mierda no quiere parar/ son brazucas/que no paran de llorar, que se abrazan y se agarran a la bandera sucia que viene de Chubut, de Salta, de no sé dónde, que pierden el control cuando en el penúltimo penal la tele se desconecta del cable y solo se escucha el locutor por los parlantes, y gritan -grito, gritamos- un gol que no ven, como cuando yo tenia mis doce anos y escuchaba por radio las agónicas y gloriosas victorias pincharratas comandadas por las gambetas del mismo Sabella que hoy, con la misma pachorra y la misma capacidad para ver los hilos invisibles que definen los partidos, nos dio a todos una alegría tan grande y tan mugrienta como la grasa del pelo después de semanas lavándose en las rodoviarias de ese enorme y desconocido Brasil, decime qué se siente.

 

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