libros-2000_thumbPor Luis Logullo–  Acá en el Norte de córdoba la gente casi no lee. Si, ya sé que usted lee, pero en líneas mucho más que generales que usted y yo y su prima la colorada que es podóloga, la gente acá en el interior del interior no lee. No existen siquiera librerías o duran hasta que el contrato de alquiler pesa más que la caja registradora.

Las más próximas a mi salvaje contexto se ubican en Capilla del Monte y allí uno puede tener un brote psicótico provocado por la reiteración temática de una escasa variedad neuronal que fluctúa entre permacultura en contextos de sequía, ovnis, sanación a través del aura, la energía de las gemas o las yemas de huevo o la historia de los golpes de Estado en la ciudad intraterrena de Erks. No pida más que eso.

Una gran masa de personas pasa la vida entretenida sobre sus motos o abstraída dentro de una pantalla de teléfono celular o simplemente se abocan a vender tierras sin papeles que, al no existir, tampoco pueden leer. Es un modo internalizado, detenido e incuestionable de pervivir. Claro que en temporada turística siempre alguien improvisa sobre unos caballetes su editorial y allí puede uno hurgar viejos ejemplares llegados desde la feria de Parque Centenario en Buenos Aires o librerías de usado de Córdoba o Rosario con el precio cuadruplicado, y que deberían venderse con un antimicótico de regalo.

Cruz del Eje tiene algo así como unos treinta mil padecientes estables y ninguna librería. Hubo una hace años polvorientos, atendida por dos jovencitas de lo más simpáticas que aguardaban a los clientes enfundadas en deshilachados shorts de jean y borceguíes, cabellos multicolores, sendos piercings en cejas, labios y narices o estampándose en sus bocas unos gigantescos besos anarquistas en la vereda en tanto mateaban.

Uno podía puertas adentro hojear y no comprar o comprar sin hojear porque no hacía falta ante aquellas tentadoras tapas de sociología política, filosofía, Historia, o revoluciones. Yo fui su único cliente y duraron cuatro meses antes de desaparecer un agosto apenas húmedo.

Hace pocos días nomás, y ante mi sorpresa, descubrí que otros pioneros decidieron estrenar otra librería. Se halla exactamente entre una remisería y un tronco de palmera medio muerta en la vereda que no es vereda sino la continuación de una playa de automóviles, porque fue habilitada a escasos cinco metros de los surtidores de gas de alta presión, es decir, está dentro mismo de la estación de servicio pero sin pertenecerle ni prestarle, precisamente, servicio alguno. En tanto le cargaban combustible a mi auto y luego de orinar largo en el baño del lugar, sin lavarme las manos decidí entrar al negocio para hojear algunos libros y ver cuáles estaban a la venta.

La bienvenida desde la vidriera me la dieron unos ejemplares que iban desde un “La palabra de Dios y las drogas” hasta “Cómo ser un padre perfecto”. En vista de que no encajo dentro del target de ninguno de los dos títulos porque drogado no veo a dios y además porto una severa aversión que intuyo genética hacia los infantes, y a pesar de saber que me hallaba ante una venta de libros y no de una librería opté, en un arrojo suicida, por trasponer la puerta.

Desde los estantes me miraban unos ejemplares gigantescos de unos cuarenta por cincuenta centímetros, esos libros de tapas duras y satinadas que son un ejemplo de honestidad que muchos debieran copiar porque advierten que nada bueno debe esperarse de ellos. Eran una tríada titulada “La vida del coiffeur” y otros tantos más centrados en facilitar esas tareas específicas e inevitables de la vida cotidiana como mecánica, albañilería, carpintería o succión de glandes en el desayuno.

En otro apartado estante y a modo de altar esperaba guacho un libro de Lanata listo para salir a colonizar subjetividades con un cartoncito adosado y escrito a puro fibrón indeleble que anunciaba “Bés Tséler”. No casualmente, abundaban libros que teorizaban acerca de la temática perruna y centrados específicamente en una raza determinada, porque no sé si usted sabrá que el caniche es el perro fetiche cordobés.

Un domingo cualquiera, por citar un somero caso al azar, si agudiza la visión notará en derredor suyo una población estable en un abanico que va desde de gordas culonas enfundadas en calzas hasta rubias de Issue descendientes de sanavirones con los cabellos planchados y vestidas en animal print, y todas con esos horrendos e hiperquinéticos canes a cuestas o asomando las fauces desde bolsos plateados de Vuitton comprados a la vuelta del mercado Norte. Y no está nada mal, pienso, porque imagine a usted lo que serían esas mismas féminas arrastrando un lagarto overo y metidas dentro de unas bermudas de piel de cabrito.

Claro que también, para mi estupor, en un peldaño de una escalera caracol interna clausurada reposaba un flamante ejemplar de José Pablo Feinmann y Horacio González con otro letrero explicativo que lo bautizaba como “Libro K del gobierno”. Y todo el resto eran textos escolares o manuales de autoayuda para hacer los momentos de la vida más difícil, como el vendedor calvo y cuarentón que se me adosó:

– Hola máquina ¿Qué te vendo?.-

– Buen día…miro nomás.-

– Creo que a vos te interesan los libros bien de hombres ¿no? los de mecánica, construcción…de esos ¿no?.-

– Miro nomás.-

– ¿Sos de acá vos, máquina?.-

– ¿Algo de psicología o filosofía tendrá?.-

– ¿Vos sos psicólogo?.-

– ¿Y algo de literatura Latinoamericana?.-

– Tengo el de Lanata.-

– Ahá.-

– El gordo es una masa.-

– Ahá.-

– Hay esos de poemas también, máquina.-

– De género nada…-

– ¿Para la vieja?…si…tengo de telas, costura, bordado y de manualidades.-

– Ahá.-

– Máquina, ¿vos que libros buscás?.-

– Hace diez minutos todos y ahora ninguno, máquina.

Y entonces salí de esa verdulería de letras y me subí al auto, encendí un cigarrillo pegado a la expendedora de gas como una Priscilla outlet y sin techo descapotable y regresé a mi pueblo. Les di maíz a las gallinas y sigo leyendo “La invención de la cultura heterosexual”, un libro brutal que parte de un hachazo lo aprendido e instituido, regalo de mi amiga psicoanalista y rosarina. Son una máquina, mi amiga y el libro ese que les digo.

Foto: lacajamultiuso.com.ar

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