Por María Luz Cortés- Un avión desciende en el Aeroclub de Alta Gracia sin tren de aterrizaje. Los bomberos y la ambulancia esperan a los cuatro tripulantes, para rescatarlos. Todos salen ilesos, inclusive Rodolfo Ostermeyer (63), el piloto experimentado que convulsionó en pleno vuelo. Aquel sábado 22 de abril, Nicolás Sargiotto (33) reaccionó rápido, tomó los controles de la aeronave y logró hacerla descender. El navegante -un piloto privado recién iniciado- salvó su vida y otras tres. Ahora, más relajados, los dos aeronavegantes cuentan lo qué recuerdan de aquel día.

Ambos son los protagonistas principales de un vuelo que saltó a la tapa de los diarios. El sábado 22 de abril, Rodolfo, Nicolás y dos acompañantes salieron a dar un paseo en cercanía al dique Los Molinos; cuando emprendían el regreso, Ostermeyer convulsionó, el avión viró peligrosamente sobre un costado y el copiloto alcanzó a estabilizarlo y aterrizarlo en Alta Gracia, sin conocer los parámetros técnicos de la aeronave ni saber, siquiera, cuánto combustible había en el tanque. “Esos minutos de regreso fueron los más largos de mi vida” confiesa el joven.

“Él (por Sargiotto) o su creencia en la Virgen de Lourdes, o las circunstancias, o la pasión que él puso por llevar a tierra ese avión y que no nos pase nada a ninguno de los que iba a arriba, hizo que hiciera un aterrizaje perfecto”, destacó Ostermeyer, en una entrevista que tiene por escenario el propio Aeroclub Alta Gracia, un kilómetro al Este de la ciudad.

Los pilotos, los paracaidistas, la gente que se relaciona con los aviones son un grupo “especial”. Una especie de cofradía. Lo que para la mayoría sería una experiencia excepcional, quizás de una sola vez en la vida, para ellos es cosa de todos los días. Sargiotto, por ejemplo, cuenta naturalmente que cada tanto se da una vuelta en el avión de algún amigo, para adquirir más experiencia, y que son casi diarios los mates en los hangares o los asados a metros de la pista. Jornadas en las que abundan las charlas sobre vuelos y máquinas, sobre decolajes e instrumentales, sobre horas de vuelo y experiencias compartidas. “Todo el que sabe algo, lo comenta. Tomamos unos mates y aparece un tema. Eso se llama ´hacer hangar´”, añade Ostermeyer y afirma que “todo lo que se aprende, se aprende volando”. Es la primera vez después del incidente que se juntan allí para charlar, micrófono de por medio, de esa jornada que cambió sus vidas para siempre. Ambos reconocen que todavía no han charlado en profundidad sobre el tema. “Pero es como si ya hubiéramos hablado” dice el de mayor edad, mientras sueña con volver pronto a su pasión por volar.

Por estos días, Ostermeyer –tres décadas como piloto, inclusive acrobático- está alejado de la aeronavegación. Lo mantiene ocupado una larga lista de estudios médicos, para determinar por qué convulsionó en pleno vuelo; mientras agradece que el episodio no le ocurriera “mientras manejaba un auto, por ejemplo”, y que el destino le pusiera al lado a un colega que supo cómo resolver la situación. Sargiotto es piloto privado con apenas 27 horas de vuelo desde que obtuvo la licencia. Ambos, como se dice habitualmente, “volvieron a nacer”.

 

Tomar el control

“Si a nosotros nos pasaba algo, iban a decir que el avión falló, porque Rodolfo es un piloto intachable”, explicó Sargiotto. En la charla con La Voz, intentan unir las piezas de ese sábado. Esa mañana Nicolás pensaba volar en Coronel Olmedo, justamente para no dejar vencer la licencia, ya que un requisito es transitar los cielos al menos una vez por mes. No obtuvo ese turno de vuelo y pensó que ese sábado no volaría, hasta que un amigo y su hijo le pidieron que gestionara un vuelo de paseo por la zona. Ostermeyer se sentó a los comandos de su propia aeronave, y Sargiotto no tenía previsto acompañarlos, hasta que la insistencia pudo más y se subió a la aeronave. Su presencia a la par del piloto y su rapidez de reflejos y determinación fueron cruciales para que la historia tuviera un final feliz.

“Recuerdo hasta el último momento en el que tuve conciencia. Dimos una vuelta por el lago, les mostramos el paredón, y viramos a la derecha”, destacó el piloto experimentado y agregó que estaban a baja altura, “unos 4000 pies”. De ese momento Sargiotto recuerda “dos imágenes”, que “no me borro más”. “Una es la imagen de él (Ostermeyer) viéndolo cómo estaba, y la otra es la casa blanca de techo rojo. Porque el avión vira para un costado y veo esa casa cerca, muy cerca”.

A partir de allí los controles quedaron manos de Sargiotto, que reportaba la situación de emergencia por la frecuencia del aeroclub. Le decían que descendiera. Antes de tomar impulso, el joven quiso probar para bajar el tren de aterrizaje, pero no pudo. De repente Ostermeyer se despertó, pero estaba en un estado de confusión. “Recobré un poco el conocimiento, estaba muy aturdido”, agrega ahora. El piloto más joven notó que el dueño del avión  no estaba en condiciones de retomar el control y entonces continuó con su tarea, mientras los otros pasajeros sujetaban a Ostermeyer para que no hiciera algún movimiento involuntario que pudiera complicar aún más las cosas.

En un avión que no conocía y con la tensión propia de una situación crítica, dos vueltas dio Sargiotto sobre Alta Gracia, antes de lograr aterrizar sin daños ni lesionados. Ya en tierra, trataban de guiarlo, pero él “solo quería llegar a mi casa y terminar el día”. El resto fue atención médica y alivio.

“Mi miedo era que no sabía cuánto combustible había en el avión. Eso lo prepara el piloto, sólo él sabe cuánto hay exactamente. Todos me decían en frecuencia que baje, sea como sea. Tenía miedo por el combustible, y tenía miedo que Rodolfo vuelva a convulsionar”, reflexiona. En ese contexto, el piloto más experimentado detalló que el aterrizaje es un tema tabú, ya que “es lo más difícil de adoptar”. Y que el descenso del novato “fue perfecto”.

La charla sigue, entre anécdotas, agradecimientos y promesas de nuevos encuentros. Los dos amigos se despiden con un sentido abrazo. Saben que el destino los unió aún más y para siempre.

 

Fuente. La Voz del Interior

 

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