Por Luis Logullo– Estoy acá, en medio de las montañas mirando la televisión. A mí me gusta mucho la televisión porque estoy seguro de mí y no le tengo miedo a la internalización subjetiva de ninguna idea que no vaya conmigo. Disfruto mucho viendo la televisión desde afuera. Y veo las escaramuzas por un pronto desalojo de personas instaladas en un predio contaminado en Buenos Aires. Piden viviendas y algunos anarcos con evidentes intenciones desestabilizadoras se atreven a más: «Dignas», garabatearon en un cartel.Hay mujeres embarazadas, niñas, niños, hombres, abuelas y mujeres. “Mi parcela mide tres por seis”, dice un señor, y agrega “Ahí ya me hago la piecita para los dos chicos, otra para mi esposa y para mí y la cocina con un bañito. Con eso me alcanza”.

Volvamos para atrás: “Mi parcela mide tres por seis”, dice el señor. Y esto es terrible, porque ese señor no está reclamando ya una casa sino simbólicamente un pequeño espacio para encajar en una sociedad que lo excluyó para siempre. Y las gentes esperan la balacera por el desalojo ordenado como “inmediato”.

Volvamos para atrás: Hay personas esperando ser reprimidas. Esperan algo que ya saben y no pueden negar. Están aterrados, fumando sin parar, cruzados de brazos, deambulando y murmurando entre ellos. Los medios están ansiosos porque necesitan sangre justo para un fin de semana largo de carnaval, y si ese fluido es de negros marginales de la periferia, rinde más en rating que las trilladas y decadentes plumas verdes de una comparsa en Gualeguaychú.

Y si de plumas verdes se trata el asunto, otras gentes repiten como loros un imaginario instalado a fuego: “Mi viejo era un inmigrante que laburó para hacernos la casa y nadie lo ayudó”. Y, como dije antes, esa idea es tan fuerte que devino en mantra, en un dogma, en una cuestión de Fe. Y la Fe no se discute, no amerita debate ni posturas alternativas; se cree en algo o no se cree nada porque en el medio hay eso, nada.

Volvamos para atrás: “Mi viejo era un inmigrante que laburó para hacernos la casa y nadie lo ayudó”. Y este imaginario es relativo, porque soy hijo de un calabrés laburante que se hizo su casa, pero lo ayudaron, y bastante. Primero lo ayudó una guerra a transformarse en un paria lleno de piojos y tifus. Luego le dio una mano Perón porque necesitaba mano de obra barata. Después le tiró un cable el Estado de Bienestar alojándolo en un hotel para inmigrantes el tiempo que fuera necesario. Y cuando mi viejo consiguió un laburito, compró unos ladrillos y unas bolsas de cal y cemento y comenzó a construir.

Como la mayoría de los inmigrantes, mi viejo contrató albañiles que eran negros santiagueños pasados de hambre y desclasados sociales en su propia tierra, pero con una diferencia; ellos eran negros de mierda y mi viejo un inmigrante laburador que tenía empleados en negro. Y si algún inmigrante europeo se las arregló solito, las bolsas de cemento eran, sí o sí, descargadas del camión por un negro tucumano, salteño o correntino que, ya para entonces, vivía en los cordones de villas que bordeaban el conurbano bonaerense.

Muchos grandes de estos negros inmigrantes llegaron a empresarios, olvidándose de los aportes previsionales o haciendo todo lo posible para erradicar cualquier intento de agrupación sindical dentro de sus fábricas. Hicieron la vista gorda a la dictadura militar.

Por eso cuando escucho estos discursos comparativos dentro del capitalismo, pienso en lo sorete que es mucha gente, en lo egoísta que pueden llegar a ser, en lo envidiosos que pueden convertirse porque alguien pide una parcela de tres por seis…¡tres por seis!…

Hay que tener mucha cosa oscura guardada adentro para que les joda un tres por seis. Es incongruente ver cómo les molesta un negro villero cuando sus padres o abuelos eran tan negros como estos negros nuestros.

Pero con la diferencia de que estos negros nuestros no son como aquellos negros europeos porque estos negros se juntan, se amuchan, se contienen y por ende no engendran una prole xenófoba como los negros europeos. Nada que ver estos negros nuestros con los negros inmigrantes europeos que cada uno hizo rancho aparte y se rajó como pudo, sublimando esa culpa del egoísmo creando miles de instituciones para agruparse cuando las papas dejaron de quemar.

Inmigrantes nacidos y criados en la sociedad europea del egoísmo, de lo individual. No tienen punto de comparación con los negros nuestros, que dos por tres reclaman un tres por seis.

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2 Comentarios

  1. Muy buena Luis, como siempre un gusto leerte ya que compartimos ciertas. ;;formas de ver las cosas que pasan.
    Tambien pase de ser un derechoso conformado a un socializado realista .
    Gracias

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