Por Matías Calderón- En un recorrido nocturno por la plaza San Martín y por las dos terminales, se contabilizaron 200 personas en situación de calle. El frío no es el único problema que afrontan: la falta de oportunidades laborales les impide encontrar una solución sostenible en el tiempo.

El viento del lunes empezó a arreciar a las 22.30 y trajo un frío gélido que, en plena plaza San Martín, obligó al grupo cada vez más numeroso de pernoctantes de la zona a buscar un reparo robusto para no sufrir el descenso de la temperatura. Por ese motivo, la recova del Cabildo se fue ocupando progresivamente por la gente que duerme en la plaza, hasta que el espacio se redujo a un angosto andarivel por el que se podía circular sin demasiada dificultad.

En las puertas de las salas que dan al pasillo, se agruparon de a dos o tres colchones, bolsas, bolsos con pertenencias, y los ocupantes ocasionales comenzaron a taparse con frazadas que parecían suficientes para el frío de la noche. A las 23, varios ya estaban durmiendo y a la madrugada el bullicio se había silenciado totalmente.

Antes de que el sueño invadiera la plaza, un grupo de gente estuvo en el lugar para ofrecer acolchados, ropa, café y comida, pero rápidamente se agotó la ayuda sin que el total del grupo pudiera cenar.

La plaza, ícono de la Capital, alberga todas las noches a personas en situación de calle. La mayoría no cuenta con dinero suficiente para pagar una pensión. Según contaron a La Voz, cuando consiguen algo de dinero van a dormir a los hostels de la zona céntrica. Los dormitorios que les ofrecen, por lo general, son compartidos y el valor de una cama asciende a 400 pesos por noche. Pero, en junio, algunos alojamientos ofrecen camas con descuentos del 20 por ciento. Así que dormir bajo techo puede implicar un gasto aproximado de 350 pesos, lo que por semana representa 2.450 pesos.

“Somos unas 100 personas las que dormimos en esta plaza. Por lo general, no estamos todos al mismo tiempo, pero entre 60 y 80 es el número habitual”, describió Juan Contreras, quien hace seis meses quedó en situación de calle tras perder su fuente de trabajo y separarse. “Dormir en la calle es perder la dignidad. Esto es una selva, a nadie parece importarle nuestra presencia. De no ser por un grupo de gente que se acerca y nos ayuda, ya estaríamos muertos”, agregó.

El viento sur bajó la temperatura de manera abrupta, pero lo que no se llevó fue el olor, que se impone en la zona de la Catedral desde hace unos meses. “A las 19, nos cierran los baños públicos con llave”, empezó a plantear Contreras.

De repente, bajó la mirada, como ocultándose: “Estamos obligados a orinar en cualquier parte; a hacer nuestras necesidades en esta plaza, aunque la queramos cuidar”, se lamentó el hombre de 53 años, sin poder disimular un sentimiento de vergüenza. Él forma parte de uno de los grupos, con 15 integrantes, y los demás lo llaman “vocero”.

Entre el momento en que este medio llegó al lugar y en el que “los placeros” se empezaron a dormir, llegaron Aaron Nacer y Juan Pablo Rodríguez. El primero hace “rondas solidarias” desde hace seis años y lleva comida, café y compañía a las personas en situación de calle. Los lugareños le dicen “Duende” y tiene una fundación que se dedica a la asistencia social: La Quadra.

El segundo encabeza la fundación Un tatuaje por una sonrisa y desde octubre de 2013 lleva adelante tareas solidarias con los “sin techo”, tal como él los llama.

“La situación de este año es terrible. Me llama la gente y me cuenta que hay familias durmiendo en el parque Sarmiento. En los puentes, hay casillas precarias. Lo que más me preocupa son las personas de la tercera edad, que suelen estar muy enfermos y varios mueren en situación de calle”, sostuvo Nacer.

La Quadra lleva a cabo el denominado “Plan de acción concreta”, que está dirigido a ayudar a personas de la tercera edad en situación de calle. Los interesados hacen donaciones y acompañan las rondas que hace Nacer. Lo contactan a través de la página de Facebook Comida Solidaria. “Las donaciones se redujeron en un 80 por ciento, porque ya nadie puede regalar comida. Hay hambre en Córdoba”, se lamentó “el Duende”.

“Para que la gente salga de esta situación, hay que armar cooperativas de trabajo. Hay mucha gente que quiere salir de la calle, otra que no. Pero la gente que quiere, no puede, porque no consigue trabajo. Todos te piden una mano con eso”, relató Rodríguez.

Nacer detalló, además, que en la calle funcionan grupos de pertenencia con sus propios códigos.

Para Sandro, seis meses en la calle hacen perder  la noción del tiempo
Para Sandro, seis meses en la calle hacen perder la noción del tiempo.

Vivía en Carlos Paz, se sintió acosado y se fue a la Terminal

“Mi apellido es Polidori. Po-li-do-ri. Pero no tengo nada que ver con los dueños de la fábrica de pastas. Ojalá sí lo tuviera”. Así se presenta Gerardo, quien duerme todas las noches en una butaca de la Nueva Terminal. Sentado allí, habla con la gente que se acerca. Es bromista y se define como “una persona que ama la libertad”.

“Cuando era joven, fui víctima de acoso. Vivía con mi tía, con mi madre, con dos primas y una amiga de mi mamá. Todas ellas querían que me comportara de una manera distinta. Así que me fui de mi casa”, cuenta.

Según el hombre de 60 años, su estado de ánimo mejoró. “Lamento no tener un techo bajo el cual dormir, pero la mayoría de nosotros estamos a la intemperie porque tuvimos algún problema con nuestras familias”, aseveró.

Según Gerardo, la gente que comparte su condición espera una ayuda de parte de los demás. “Acá todos quieren una mano, que les den esto y aquello. Pero para mí hay que ganarse las cosas con esfuerzo”, consideró, mientras un compañero a escasos metros lo miraba de refilón, con cara de desaprobación.

Cuando puede, Gerardo toma un colectivo y vuelve a la zona en la que nació y se crió.

“Carlos Paz es la ciudad más bonita de Córdoba. Extraño mucho. Me duele que todo sea tan injusto, que pasen varios días en los que no tenemos nada para comer, que pasamos hambre, frío, que nadie se acerque a conversar, a escuchar lo que tenemos para decir”, se quejó.

Su anhelo es conseguir una jubilación que le permita vivir tranquilo. “Ya no puedo trabajar, aunque siempre busco que alguien me contrate. Me duele el cuerpo y me siento enfermo, pero eso no vence mis ganas de superarme y de salir de este agujero”, reconoce.

“Los guardias nos tratan bien, hasta nos cuidan, pero no permiten que nos ayuden”, manifestó.

El colchón, a cuestas. La única alternativa posible para quienes han perdido la posibilidad de buscar una mejor protección.
El colchón, a cuestas. La única alternativa posible para quienes han perdido la posibilidad de buscar una mejor protección.

Para Sandro, seis meses en la calle hacen perder la noción del tiempo

Sandro Pieroni cuenta que trabajaba en un centro de compras, pero que se quedó sin trabajo junto con 11 compañeros.

Habla de su pasado reciente como si se tratara de un tiempo lejano y apagado, como si no se pudiera volver a ese momento. Vive en la calle desde hace seis meses.

“Ya perdí la noción del tiempo. No sé desde cuándo estoy en esta plaza”, dice mientras se para desde su colchón.

“Cuando perdí mi fuente de trabajo, cambió todo. Me separé de mi familia cuando cambiaron los números y ya no pude alquilar, no pude sostener a mi grupo”, se lamentó Sandro.

Todas las mañanas, según cuenta, entrega su currículum en la zona que rodea el lugar donde duerme. No se puede alejar mucho porque teme que le roben, así que le encarga su colchón, zapatillas y ropas a las personas con las que se reúne para dormir.

“A veces, me salen algunas changas. Me hice conocer por alguna gente y, como no tengo celular, dejo el número de algún compañero de acá”, relató.

Lo más estable que obtuvo como alternativa laboral fue el cuidado de coches en la zona de Nueva Córdoba. “En la calle San Lorenzo, Ramón y ‘el Gringo’ me ofrecieron cuidar coches con ellos; así que, cuando me llaman, voy rápido para conseguir dinero, juntar lo que puedo. Tal vez algún día pueda volver a un lugar en el que la gente no me discrimine”, afirmó.

“No quiero que nadie me regale nada. Hago trabajos de soldadura, pintura, colocación de estructuras de aluminio. Tengo mucha experiencia. Con mi esfuerzo, puedo sostenerme. De última, soy también verdulero”, contó en diálogo con este medio.

En la plaza San Martín, uno de los problemas que él reconoce es que no se consigue un sitio para bañarse. “Cuando juntamos algo de dinero, nos podemos pagar un dormitorio con bastante esfuerzo. En esos casos, aprovechamos y nos bañamos, pero es muy denigrante vivir así”, se lamentó.

Fuente y fotos: La Voz del Interior

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