Por Horacio Santellán (para Redacción Alta Gracia, desde Sao Paulo, Brasil)-Verde por su imponente vegetación que estuvo presente en los casi dos mil kilómetros que recorrimos para llegar a nuestro destino,  Sao Paulo y verde por el color de la montaña de billetes que el gobierno de la Presidenta Dilma Rouseff tuvo que “invertir” para que, esa gran empresa que es la FIFA,  le diera el visto bueno para organizar el Mundial de Fútbol.

Mucho se escucha y se dice de la alegría brasilera, pero hoy los brasileros no están alegres por los treinta y tres mil millones de dólares que le cuesta a la administración de Dilma la organización del campeonato. No están alegres porque la tercera parte de esa pila de dólares se utilizó para la construcción de nueve estadios, de los cuales ocho no se volverán a utilizar. Para poner un ejemplo,  ciudades como Brasilia y Manaos que no tienen equipos de fútbol, tienen estadios que le cuestan al pueblo brasilero casi mil seiscientos millones de dólares.

Si pensaron que iban a recuperar la inversión por parte de las empresas patrocinantes, se equivocan, porque una de las condiciones que impusieron es la exención de impuestos por un año.

Mientras la pelota gira, siguen las protestas de los trabajadores en Sao Paulo, con manifestaciones que han terminado con heridos y detenidos, entre ellos algunos periodistas que están cubriendo el acontecimiento deportivo.

Como decían los viejos vendedores ambulantes, “y  por si esto fuera poco”, el brasilero de a pie, no está contento con su selección.

Me parece que esta historia ya la viví, un mundial de fútbol para tapar las cosas que faltan. Ojalá me equivoque.

 

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