Por Luis Logullo- El colectivo del pueblo (San Marcos Sierras) es un Mercedes que se desarma, y esto es literal. Deberían prohibir que lo utilicen pasajeros con problemas de columna. Ha perdido ruedas en pleno viaje, se ha tumbado en el vado con niños dentro y se le ha roto la dirección en plena bajada de la loma. El dueño, por suerte, murió; supo ser un viejo delator en la época de la dictadura, y muchos cadáveres hallados en la Quebrada de la Luna, seguramente, se deben a su lengua.

Por dentro es el salvajismo en estado puro; las cortinillas ajadas, en el pasillo podría uno sembrar o arar, la puerta trasera no funciona y el vidriazo posterior son dos cajas de lavarropas a paleta. Tiene un par de asientos desatornillados y eso brinda la posibilidad de viajar de costado, viendo una sola realidad. Carece de pastillas de frenos y el chirrido en cada paraje es como un aullido de las ruedas. Una maraña de cables sale debajo del asiento del conductor y se pierde, vaya uno a saber dónde. Y no tiene bocina, además de una sola luz, que encima es la de posición. Hubo un tiempo en que le funcionaban las dos.
El chofer despierta mi escasa ternura campera; tiene aspiraciones de polvo e ínfulas de más y más. Quiere ser chofer de micros de larga distancia y no puede. Daría su vida por pilotear un Chevallier de doble camello o un Urquiza con aire acondicionado y dirección asistida.
-Por favor, los niños en sus asientos- ordena antes de arrancar y subir pasajeros en la escuelita rural, como si esa cosa de lata saliera escupida a la velocidad del Challenger.
Los niños de aquí son diferentes a los otros niños de otras partes. Mansos son. Primero sube la directora del colegio, después las maestras, luego la originaria que limpia y cocina y después los críos de Mad Max con sus pelambres en vertical. El último en subir es el que llega comiendo una manzana de estigma, es el pobre, el del refuerzo alimentario.

Son extraños estos niños; se sientan y conversan, no gritan ni se desbandan. Un grupo de tres rebeldes, de unos siete años, rodean al chofer de baja autoestima y lo sobornan con galletas, empanadas frías, jugo, una mandarina, restos de sándwich masticado o chicles. Y todo para ver quién consigue hacer los cambios, hasta que el hombre se harta y los manda a sentar otra vez. Lo miro y le faltan los galardones cosidos sobre la camisita para ser un piloto de Boeing.
Y así vamos, a los tumbos entre los sunchos. Esta tarde me bajé y sobre mi remera cabalgaban cinco garrapatas.

Igual el tipo me dio un apretón de manos, como todo comandante de a bordo sabe hacer.
-Gracias por viajar con nosotros-me dijo.
Eso se llama clase, según unos, y estilo a decir de otros.

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