Por Tania Toledo, especial desde Chile. 20.35hs de este miércoles 23 de octubre de 2019, y las cacerolas no se callan. Los bombazos tampoco. Desde el viernes en la noche, Chile resiste de pie. Lo que empezó como un día de evasión en el subte, por la suba en un servicio que precariza los traslados diarios de millones de personas, terminó en una cruenta jornada de represión. 30 pesos, dijeron…30 pesos no es nada ¿El 15-20% de los sueldos en pasaje no es nada? Como una provocación incendiaria, se despertó un pueblo entero…y ya no eran los 30 pesos. Eran los 30 años de precarización en todo el país.

Una comunidad avasallada por  un sistema de jubilación que prácticamente apuesta con nuestros aportes y siempre pierde, el agua privatizada en manos extranjeras, sueldos de risa, un costo de vida altísimo, una educación de pésima calidad y cara, la salud privada, derechos laborales nulos, represión constante, tanto en la Araucanía como en las ciudades, y una enorme seguidilla de delitos pingponeados entre las instituciones más importantes (Carabineros, Iglesia) y los representantes políticos (no olvidemos los 24 días que Piñera estuvo prófugo de la justicia por el desfalco del Banco de Talca) que concluyeron en ridículas penas. Un caso concluyó con 5 clases de formación ética. Sí, no es broma. La misma formación ética que eliminaron del plan de estudios obligatorios, igual que filosofía, historia y educación física. Esto tampoco es broma.

Cinco días y nadie sabe qué sigue. Porque nos obligan a olvidar los oscuros años de la dictadura, prometiendo que se trata de un pasado enterrado. Pero ¿qué significan, entonces, todos estos días con toque de queda, militares en la calle y los disparos a sangre fría? Nos dicen que esto es una guerra del Estado contra un poderoso enemigo organizado. Me cuesta pensar en la calidad de nuestra organización, cuando estamos todos conteniendo las lágrimas del dolor por los químicos que nos tiran, la pena por tanta desidia y violencia y la alegría de recuperar la unidad, mientras procuramos que no se venzan las rodillas, porque esta vez Chile no quiere quebrar. Me cuesta encontrar nuestro equipamiento de última tecnología si al final corremos delante de los tanques con una cuchara de madera en la mano y nos agachamos juntos y abrazados mientras decimos “¡No corran, así no disparan!”. Me cuesta sentir que estamos en condición de ataque cuando me asomo junto con mis vecinos a la puerta y desde la esquina brillan los escudos de FFEE que nos miran. Ellos tienen las armas.

Ojo, no somos los únicos desconcertados. Imagínense ver a un pueblo entero, que se calló por más de 45 años, ponerse de acuerdo para que, incluso entrada la semana laboral, nadie diera el brazo a torcer. Está bien, tenemos UN arma: la humanidad.

El Ministerio de Cultura prohibió todas las actividades, lo que fue reforzado por el toque de queda. Nuestra casa, ubicada en pleno centro pero con unas gruesas paredes, se volvió centro cuasi clandestino para un encuentro con editores cartoneros de todo el continente. El hall del edificio se transformó en esa vereda en que los vecinos se juntan a ponerse al día, que ya no se ve por aquí. Por primera vez nos vimos las caras los, y de la resistencia nació una hermosa amistad. Tímidamente fuimos sacando cositas para compartir. Las calles se convirtieron en escenario de los abrazos, las expresiones culturales y la solidaridad. El pueblo entero afuera: todas las edades, géneros, oficios. De pronto todos nos volvimos hermanos, en todo el país y fuera de él. Entre el humo blanco de las lacrimógenas y los chorros de agua y químicos pudimos gritar “No más violencia” “Fuera los milicos” “El pueblo unido jamás será vencido”. Desde las ventanas se escucha a Víctor Jara con “El derecho de vivir en paz” a todo volumen, para acallar el ruido de los tanques y los bombazos que nos siguen hasta la puerta de casa, en una corrida atlética en que los vecinos nos ayudamos a quedar nosotros adentro y los carabineros-militares afuera. Cada día la adrenalina. En la calle se toca batucada, se baila, se actúa, se canta, se artista de todas formas, declamamos a la gente y a los uniformados, capeando el miedo y las ganas de ser escuchados por esa pared. Mientras desempolvan el viejo mito del desabastecimiento y los saqueos organizados, y escudan las grandes tiendas, nosotros compramos en los almacenes de barrio y el mercado central, el de los puestos cuyos propietarios son laburantes de verdad. Salimos con limones, botellas de agua con bicarbonato, pañuelos, bloqueador, para socorrer al que lo necesite. Vamos a la calle todos los días, después del trabajo, cada vez con más cuidado, pero con la convicción de que estamos transitando un momento histórico. Cuando no sabemos ya qué hacer, nos queda levantar las manos para mostrar que no llevamos armas, resistir, abrazar.

El presidente tuvo que hacer presencia, ayer se le vio. Prometió algunos caramelos vencidos y no mencionó a los muertos, desaparecidos, torturados y violados esta semana, en plena democracia. Y Chile enfureció. Chile dijo “Basta” a la falta de respeto ejercida por una actitud estatal que se ha mantenido en cada gobierno. Chile está hastiado de la violencia sistemática que hoy se pone en escena en su faceta más obvia.

Algo sí sabemos: hay que resistir no hasta que Chile vuelva a la normalidad, sino hasta que cambie y el derecho de vivir en paz y dignamente sea un hecho. Nos queda mantener este aguante, esta lucidez y esta hermandad que protagonizó los últimos cinco días. Porque esta unidad en rebeldía es tan histórica como el hecho de que, en plena democracia, estén los militares en las calles, reprimiendo.

Fotografía: Diego Dulit

Compartir esta noticia

Comentarios

comentarios

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here