Por Luis Logullo- Los chochamus porteños que se compraron el imaginario de la buena vibra cósmica con la boinita de Che Guevara o la capucha géi sado-maso del ex-sub comandante Marcos, acá en el Norte están con el culo en la mano. Imposibilitados de contextualizar algo, arriban hippones pero con la impronta de la superioridad citadina y suponen que hacer malabares con clavas o pelotitas en tierra comechingona parados al lado de un semáforo es lo mismo que sobre las calles de Buenos Ares, y no, nada que ver porque acá la culpa burguesa mucho no abunda.

Por ejemplo, alguien allá vota a Macri y sabe que está mal, odia a los manteros, prendería fuego a un peruano y cada tanto lo sublima entregando una monedita, pero acá no, acá en el Norte cordobés la conciencia moral suele funcionar al revés la mayoría de las veces, y no hay mucho registro del otro.

Muchas personas no comprenden por qué alguien decide pararse en medio de una calle, arrojar pelotas al aire o introducirse un palo con fuego hasta la garganta y por eso deberían pagarle. Y así los muchachos no amortizan ni el boleto del Urquiza y un paquete de arroz yamaní trepó a los cuarenta mangos haciendo de las aventureras vacaciones un suplicio del medioevo.

Se recluyen en alguna carpa y ahora sus chicas son las que se aventuran (siempre ellas salvando las papas, qué mundo hippie machista y misógino de mierda) a las calles dejando a sus críos arrumbados en las veredas con una media de cuarenta grados a la sombra de un paraíso ralo, y la gente nada, las ignora, pero como le digo, no por mezquindad ni maldad sino porque no comprenden por qué deberían entregarles dinero si ellas decidieron sufrir, acá son respetuosos del flagelo auto impuesto, si usted se quiere ahorcar del árbol de navidad frente a la terminal de ómnibus, la gente primero le va a sacar fotos con su celular en tres mil cuotas y después lo va a felicitar en caso de que sobreviva, pero no espere que lo atajen porque fue su decisión.

Acá cada uno sufre como más le gusta sin injerencia de extraños inoportunos, y esa libertad me parece maravillosa porque es el no registro absoluto del otro, que no miente, descarnado, carnicero, caníbal y sincero que le hace comprender que no debe esperar nada, usted puede estar o no de acuerdo con este salvajismo, pero el que avisa no traiciona y nadie lo obliga a nada más que a salir corriendo si no le cabe, pero modificar no va a modificar nada por más pelotitas que revolee por el aire.

La gente acá tiene otras prioridades y parámetros de importancia delante de un semáforo; escarbarse los mocos, detenerse a pensar si hay Fernet para la noche, si creció el río para bañarse con la bruja y los pibes, ir a empedarse a una peña, otear culos de adolescentes, tantear y olerse los huevos transpirados, pero pagarle a un chabón o a una chabona que traga fuego no está en sus planes.

Y así todo vuelve al satu quo y rutina pero citadina, es decir, en vez del alquiler se les vence la estadía en el camping, se les acabó el abono de CLARO para el messenger, y si se les ocurre como última tentativa confeccionar horrendos atrapa sueños con semillas, los otros artesanos los sacan cagando por la competencia desleal porque acá los artesanos son más capitalistas que Osho.

Dura la vida del malabarista, y no sé con qué necesidad pudiendo rajarse a San Bernardo donde los grupos de jubilados deliran con un cenicero hecho de un mejillón. En fin, gustos son gustos, y está bien que así sea. Hay de todo en la viña de Freud.

Foto: Día a Día

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