Por Luis Logullo- Nunca he andado a la moda y me dura mucho la ropa. Psicológicamente demasiado, y el problema es ese, no tanto la obsolescencia programada como la mental. Siempre, y de previsor nomás, tuve la costumbre de comprar ropa y calzado de muy buena calidad y, por ende, costosos en extremo.

Si bien nunca caí en el estereotipo de “Más caro, mejor” es cierto que lo bueno se paga. Por ejemplo, tengo una campera térmica que compré en Ushuaia cuyo valor de mercado hoy es de casi diez verdes de cien juntos, hasta una especie de radar por si uno queda sepultado por una avalancha de nieve tiene, pero el problema es que la compré en 1998, está intacta y me tiene harto.

En todas las fotos invernales aparezco vestido igual, con la misma campera. Y he comprado cierta vez unos zapatos de la reconcha de la lora pero en el 2006. Las zapatillas que hace pocos meses dejé de usar eran del 2004. Diez años!!.

Y no crea que soy pijotero, nada que ver, sino que no le doy importancia a la ropa y cuando la adquiero compro de la buena para que me dure bastante. Ir a comprar ropa me rompe soberanamente las pelotas. En verdad me rompía, hasta hace dos meses para cuando Freud me mandó esto que tengo ahora a los cuarenta y siete adentro de la cabeza y que es un cambio de paradigma y estrategia. Compro todo berreta a dos mangos y cuando se deshace lo tiro y compro otro diferente igual de berreta.

Y así llevo en poco tiempo comprados tres pares de zapatillas que son como biodegradables y cuestan apenas más que una docena de facturas; y desde que descubrí los comercios de los hermanos latinoamericanos con fuerza de trabajo infantil esclava, estoy de parabienes y devine en algo así como en una Mariana Nannis serrana y outlet.

Una remera una rupia, los calzones que marcan el bulto y levantan las cachas por tres chirolas, y por monedas unos buzos divinos que resisten hasta seis lavados sin desintegrarse. También sé coser porque he sido tallerista y además tengo una máquina industrial mediante la cual reformo las pilchas para no volver a comprar y al menos cambiarles un poco la onda.

Y en eso estaba hace una semana con un jean que compré en el 2008, o sea hace seis años. Estaba intacto porque lo usaba en contadas ocasiones especiales; para ir al centro, si me invitaban a alguna festichola, para levantarme algún chongo después de enviudar o para cuando tiré las cenizas de mi esposo cerca del río un domingo por la tarde. Y pare de contar. Y por eso el lompa estaba intacto pese a sus años. Hasta que, como le dije, hace una semana me lo puse para una reunión con el intendente y el obispo y para convencerlos de mi postura fui bien vestido y el pantalón dijo basta, por suerte ya de regreso.

Me subí al auto y cuando me senté se rajó todo, todo, todo. Y no hubo máquina de coser que arreglara eso, no hubo forma posible, y la sola idea de salir de compras con un jean desflecado dejando entrever los cachetes peludos bordeando el medio siglo, daba ocote, y por eso decidí comprar uno nuevo, como hace la gente decente.

Esto debido a que vivo en medio de la casi nada y el ser vivo más cercano es un pollo, por eso de vez cada cuando me gusta salir y caminar por eso que muchos odian, la ciudad. Iba a ir a comprar el pantalón a la fundación de la monja africana que está acá cerca y trae usados de Buenos Aires, pero una religiosa que conduce una Land Rover de doscientos cincuenta lucas y recibe donaciones para evadir impuestos no me parece de fiar, y por eso retorné a las fuentes, a los hermanos latinoamericanos.

Es oscurito y semi gastadito pero le falta un botón (no al hermano latinoamericano, al lompa me refiero) y por eso me descontaron veinticinco mangos, es decir que el precio de los botones se fue al carajo en este país. Y además me compré un calzón celestito apretadito porque al ser el jean de tiro más bien tirando a bajo, se puede ver el elástico del calzón para cuando me ponga en cueros pelando estas tetas pasadas las tres de la matina.

Le explico: con mi novio íbamos a ir al carnaval de obesos homosexuales que acá les llaman osos géis, y por eso lo de las pilchitas nuevas, y de paso yo iba a pasear por Córdoba capital y ver luces y escuchar bocinazos y mirar edificios y viajar en ascensores (que son mi perdición, tanto o más que las escaleras mecánicas) y comer panchos en la calle o entrar al Mac Donald´s y hacer una orgía de comida con esas hamburguesas que pueden llegar a contener restos de carne vacuna pero son deliciosas por donde se las mire.

Pero mi novio, que viene harto de la centralidad, me dijo “Mejor vamos al festival alienígena en Capilla del Monte”, y me cagó, porque es como salir de vacaciones a la puerta de mi casa para ver pasar a los mismos chongos de siempre, y eso es un ejemplo al pasar porque ni vereda tengo ni chongos pasan ya que mi patio es una montaña. Pero la desilusión se me aplacó para cuando advertí que justo esa noche se realiza ese otro invento de Cosquín además del decadente festival de folklore, y es el Cosquín Rock.

Y me niego rotundamente a manejar por la ruta en medio del Cosquín Rock porque me caliento más que el radiador; la gente llega del conurbano bonaerense sin un billete y al segundo porro les agarra un bajón que hasta Dogui morfan. Y deambulan encervezados con esas guitarritas del orto a cuestas, cruzan la ruta sin mirar imbuidos en sus nubes de pedos, con olor a chivo, a culo, a bolas, haciendo dedo en la ruta pero en medio de la ruta y con esos deditos en V de buena vibra que me pueden llegar a transformar en Violencia Rivas. Y entonces me quedo en casa y listo. Pinta frío y gris el fin de semana, cociné escabeche de pollo, fui a cosechar hongos silvestres y los preparé en aceite de oliva, puse milanesas y albondiguitas en el freezer. Y además le puse el botón al pantalón nuevo. Pedir más sería histeria.

 

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